Hola amigos!
Estuve un poco desmotiva y ocupada con tareas y proyectos. Es por eso que no estuve y no me hice el tiempo tampoco de escribir en la revista digital de granada! studio. Mildis :)
Mi amiga Lali, me preguntó porqué no estaba escribiendo y me dio una idea sobre que escribir… ella cumplió años el 1 de Septiembre y me dijo:

Al principio pensé que el tema era ese: crecer y seguir sintiéndonos jóvenes, lindas o cool. Pero cuanto más lo pensaba, menos sentía que se tratara solamente de eso.
Porque tal vez el miedo no sea dejar de ser joven.
Tal vez el miedo sea crecer y dejar de reconocernos. Sentir que cada año viene acompañado de una lista invisible de cosas que ya deberíamos haber hecho, entendido o abandonado. Como si cumplir años fuera también recibir instrucciones sobre la persona que nos corresponde ser ahora.
¿Qué hacemos con todas las versiones que fuimos cuando sentimos que ya no tenemos edad para seguir siendo ellas?
No sé si les pasa, pero la mayor parte del tiempo no camino por la vida pensando en mi edad. Sé cuántos años tengo (a veces me preguntan y yo digo 22 y tengo 25 XD) pero no siento constantemente ese número sobre el cuerpo y menos mi mente y menos aún mi vida!
Hasta que llega el cumpleaños.
De repente, una edad que durante el resto del año era un dato se vuelve protagonista. La decimos en voz alta, las velitas en la torta, aparece en los mensajes y en las preguntas. Por un día, el calendario nos obliga a mirarla de frente, auch!

En psicología existe el concepto de edad subjetiva, que es bastante simple:
la edad que sentimos tener no siempre coincide con la que figura en el documento. De hecho, un estudio ampliamente citado encontró que, después de los 40, las personas tendían a sentirse en promedio un 20% más jóvenes que su edad cronológica.
No necesariamente porque estén negando la realidad. Nuestro cuerpo cambia, nuestra vida cambia y nosotros también. Pero nuestra identidad no avanza al mismo ritmo exacto que el calendario.
Nadie se despierta el día de su cumpleaños convertido en alguien completamente distinto. Sin embargo, hay números que parecen pesar más que otros. Los 25, los 30, los 35, los 40. Edades que culturalmente funcionan como fronteras y que vienen cargadas de expectativas.
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Ya me tendría que haber recibido
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Tener pareja
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Independizarme y tener estabilidad económica
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Formar una familia
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Tendría que haber logrado ya X, Y o Z.
¿Por qué los cumpleaños provocan tantos balances?
Porque un cumpleaños no es solamente una fecha. Psicológicamente funciona como un hito temporal: un momento que separa lo anterior de lo que empieza y nos permite mirar nuestra vida desde un poco más lejos.
Como que tomamos conciencia.
Las investigaciones sobre el Fresh Start Effect muestran que los cumpleaños, los comienzos de año y otras fronteras temporales suelen aumentar nuestra necesidad de revisar objetivos y empezar cambios. Es como si la mente cerrara un capítulo, abriera otro y quisiera hacer las cuentas.
Entonces aparecen preguntas que quizás durante el año logramos mantener ocupadas en algún rincón profundo en nuestras mentes:
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¿Estoy donde pensaba que estaría?
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¿Me convertí en la persona que imaginaba?
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¿Sigo viviendo como quiero?
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¿Qué cosas ya debería haber dejado atrás?
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¿Estoy creciendo o solamente envejeciendo?
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¿Todavía tengo tiempo?
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¿Qué versión de mí tendría que abandonar ahora?
El cumpleaños convierte el tiempo, que normalmente se siente continuo y medio abstracto, en una cifra concreta.
No evaluamos solamente el año que pasó. A veces evaluamos nuestra vida entera!

Capaz no extrañamos ser más “jóvenes”
Muchas veces no extrañamos ser más jóvenes. Extrañamos la cantidad de futuros que sentíamos disponibles cuando éramos más jóvenes.
A los 18, aunque no tengamos ni idea de qué hacer con nuestra vida, casi todo parece posible. Podríamos vivir en otra ciudad, enamorarnos de alguien inesperado, cambiar de carrera, inventarnos una profesión, empezar de cero o convertirnos en una persona completamente diferente.
Con cada año no desaparece nuestra capacidad de cambiar, pero sí tomamos decisiones. Y cada decisión, deja fuera del mapa otras vidas afuera.
Elegir una carrera significa no haber elegido otras.
Quedarse en una ciudad significa no haber vivido en otras.
Sostener una relación implica renunciar a otras historias.
Crear una identidad también significa dejar de ser muchas de las personas que alguna vez imaginamos que podíamos ser.
Por eso la nostalgia en mi mente me dice:
“Extraño cuando todavía no sabía cuál de todas mis vidas iba a vivir”
En mi investigación para este artículo, descubrí a la psicóloga Laura Carstensen, que sostiene que nuestras prioridades cambian según cuánto tiempo sentimos que tenemos por delante.
Cuando el futuro parece enorme, buscamos explorar, conocer, probar y expandirnos. Cuando empezamos a sentir ese horizonte más limitado, elegimos con más cuidado y priorizamos aquello que tiene un significado emocional real. No se trata solamente de la edad que tenemos, sino de cómo percibimos el tiempo que nos queda.
Acá pueden leer más sobre el tema.
Esto no significa que a los 30, 40 o 60 ya no podamos cambiar de ciudad, enamorarnos, estudiar otra cosa o empezar de nuevo. ¡Podemos! Y si eso es lo que queremos y es lo que nos dicta el corazón hay que hacerlo!
A lo que voy es que la sociedad y nuestro ego, nos imponen una especie de cronograma invisible que nos hace sentir que algunas decisiones tienen una edad correcta y que, si llegamos tarde, ya no nos pertenecen.
Nos da más permiso para equivocarnos cuando somos jóvenes. A una persona de 20 que cambia de carrera le decimos que está buscando su camino. A una de 40 podemos preguntarle por qué va a tirar por la borda todo lo que construyó.
El cambio es el mismo. Lo que cambia es la manera en que lo juzgamos.
Y después de escuchar muchas veces que ya deberíamos saber quiénes somos, terminamos creyendo que dudar, cambiar o empezar de nuevo son pruebas de que hicimos algo mal.
Elegir una vida también es perder otras
Hay una idea de Gabriel Rolón que encaja mucho con esto: cada decisión contiene una pérdida. Cuando elegimos un camino, necesariamente dejamos otros sin recorrer.
En su libro El duelo, Rolón no habla solo de la muerte de alguien que amamos. También habla de las pérdidas de un trabajo, una pareja, un hogar, el reconocimiento de los demás e incluso de la juventud. Perdidas simbólicas que quizá no siempre nombramos como duelos, pero que igualmente nos obligan a despedir algo.
Crecer también tiene pequeños duelos
El duelo por el cuerpo que cambia.
Por el grupo de amigas que ya no se encuentra de la misma manera.
Por una ciudad que dejamos o que nunca fuimos.
Por la libertad que creíamos que íbamos a tener.
Por la persona que imaginábamos ser a esta altura.
Por las vidas que no elegimos y que, de vez en cuando, todavía nos preguntamos cómo habrían sido.
Pero perder una posibilidad no significa haber elegido mal.
Ese es uno de los engaños del balance: mirar todos los caminos que no tomamos y compararlos con la parte más difícil del que sí elegimos. Las vidas imaginarias siempre parecen más perfectas porque nunca tuvieron que enfrentarse con la realidad.
Como dirían por ahí: “el pasto se ve más verde en el patio del vecino”

Podríamos pensar que en cada cumpleaños se encuentran tres versiones de nosotras:
La que fui: La que recuerda lo que quería, cómo se sentía, qué le daba miedo y todo lo que todavía no sabía. Es la que guarda las promesas que alguna vez nos hicimos.
La que soy: La versión real. Con logros y fracasos, contradicciones, pérdidas, deseos y cosas que todavía no pudo resolver.
La que creía que sería: La que a esta edad ya tendría determinadas respuestas. Estabilidad, dinero, amor, seguridad, libertad, éxito o lo que sea que en otro momento significaba para mi “tener la vida resuelta”.
Lo más loco es que quizás ni siquiera seguimos deseando la vida que esa versión imaginada tenía. Tal vez cambiaron nuestras prioridades, entendimos otras cosas o descubrimos que aquel sueño no era tan nuestro.
Todas ellas cumplen años conmigo
Quizás un cumpleaños no tenga que ser solamente un balance de lo que falta, de las metas que no cumplimos o de la distancia que existe entre nuestra vida y la que imaginábamos.
Para nada quiero que sea ese el mensaje de este blog… a lo que voy es que seamos conscientes de nosotros mismos, sepamos identificar esos sentimientos para no vivir atrapados en ellos.
Quiero que lo veamos como una forma de mirar todo lo que permanece y logramos!
Crecer implica perder posibilidades, sí.
Pero también implica ganar otras.
Todavía podemos equivocarnos. Cambiar de opinión. Empezar algo tarde. Vestirnos distinto. Recuperar una parte que habíamos escondido. Convertirnos en alguien que ninguna de nuestras versiones anteriores habría sabido imaginar.
No hace falta volver a tener 20 para volver a sentir curiosidad, deseo o posibilidad.
Y tampoco hace falta abandonar a quien fuimos para demostrar que crecimos.
Todas las versiones que fuí cumplen años conmigo.
Para recordarme de dónde vengo, ayudarme a entender quién soy y dejar espacio para todas las que todavía puedo llegar a ser.

Felices 26 amiga! Espero te guste esta reflexión.
Feliz cumple, love u.
xoxo,
Fran.
