Lo pienso en la ducha, en el auto, antes de dormir, al despertarme, cuando como, cuando respiro, cuando parpadeo.
Hace dos años que esa idea vive conmigo.
No hablo de esos sueños fáciles de decir. Hablo de los otros: los que cuesta nombrar en voz alta. Los que dan vergüenza, vértigo, ilusión. Los que se te meten en la cabeza y ya no se van.
Como un bichito insistente.
Una idea lejana, hermosa, grandiosa y también aterradora.
La posibilidad de convertirte en la persona que siempre quisiste ser.
De vivir una vida que, hasta ahora, parecía demasiado lejos.
De cerrar, aunque sea un poco, la distancia entre quien sos hoy y quien sabés que podrías ser.
Creo que muchas veces nos quedamos atrapados porque tomamos nuestra realidad actual demasiado en serio. Como si lo que vemos hoy fuera la única versión posible de nosotros mismos.
Y no lo es.
Reducimos nuestro mundo para que sea más manejable. Eso nos da cierta seguridad, pero también nos encierra. Nos acostumbramos tanto a algunas ideas sobre quiénes somos, qué podemos hacer y qué no, que dejamos de cuestionarlas.
Durante años, mi voz interna me dijo cosas como:
“No sos buena en eso.”
“Mejor dejalo para más tarde.”
“Estás cansada.”
“Todos lo hacen mejor que vos.”
“Vos no sos buena para crear contenido.”
Con el tiempo entendí algo importante: no todo lo que pensamos merece quedarse.
No todas nuestras creencias son verdad.
Y no todas tienen por qué seguir formando parte de nosotros.
Leyendo Deja de ser tú, de Joe Dispenza, me quedó dando vueltas una idea simple pero potente: hay que poner en duda mucho más de lo que damos por hecho. Revisar nuestras creencias. Ver cuáles todavía nos representan y cuáles ya no. Y animarnos, de a poco, a construir otras nuevas.
No es fácil.
Pero se puede.
Por eso creo que vale la pena tomarse en serio lo que una imagina para su vida. No como una fantasía, sino como una señal. Como una dirección posible.
A veces, antes de que aparezcan los resultados, lo único que existe es una idea persistente. Una incomodidad. Una intuición que vuelve una y otra vez. Y muchas realidades empezaron exactamente así:
como algo que todavía no tenía pruebas, pero ya tenía fuerza.
Hay una frase que no dejo de pensar:
la ambición sin acción se convierte en ansiedad.
Y creo que ahí está la papota.
Porque llega un punto en el que seguir soñando sin hacer nada empieza a doler más que intentar. Más que arriesgarse. Más que equivocarse.
En mi caso, de ahí nace granada! studio.
Nace de esa picazón. De esa necesidad de dejar de imaginar algo distinto para mi vida y empezar, aunque sea imperfectamente, a construirlo. De probar. De accionar. De vivir más cerca de la persona que quiero ser.
y me cuesta mucho carajo!
granada! studio no nació de una certeza absoluta. (Porque la verdad es que no se nada)
Nació de una incomodidad y un dolor muy muy profundo.
De esa pregunta que no me soltaba: “¿Y si sí?”
Así que si hay una idea, un proyecto o una nueva vida que no te deja dormir, no la ignores.
Tal vez no sea un capricho.
Tal vez sea una parte tuya pidiendo lugar.
Y quizás no necesites tener todas las pruebas para empezar.
Quizás necesites empezar para convertirte en la persona capaz de sostener eso que deseás.
Yo, por lo menos, estoy en ese intento.
xoxo,
Fran
Pd: Si alguien lee esto y comparte mi sentimiento… me gustaría leer sus opiniones, que sienten, que quieren de sus vidas? Gracias por leer :)
